Pasar un verano metido dentro de un pueblo del norte de Chile no parecía un gran panorama, pero la verdad es que fue una experiencia memorable. El lugar en cuestión era el pueblo de Pisco, ubicado dentro del famoso valle de Elqui en la zona norte de Chile.
Lo de la fama de Elqui tiene que ver con varias razones. Está el tema de su cielo, que se supone es el más despejado del mundo y uno de los mejores para la observación astronómica. De hecho, en los cerros de sus alrededores se ubican varios centros astronómicos: Tololo, La Silla, Campanas y Mamalluca (este último es esencialmente turístico). Está también la creencia de que el lugar posee energías cósmicas especiales y, por lo mismo, uno encuentra allí todo tipo de personajes y agrupaciones, que van desde los que quieren comunicarse con los extraterrestres, hasta los que practican terapias esotéricas con música new age de fondo. Un tercer elemento son sus viñedos, que se extienden a lo largo del valle abarcando incluso las laderas de los empinados cerros. Esta misma producción de uva termina sirviendo como la materia prima en la industria del pisco, uno de los licores más tradicionales de Chile. El cuarto elemento, es que el valle de Elqui fue testigo del nacimiento y de la vida como profesora de Gabriela Mistral, la famosa poeta que fue Premio Nobel de Literatura en 1945.
Para llegar al pueblo viajamos durante unas horas a través de un estrecho camino que bordea los cerros. Nos perdimos un par de veces, pero al final encontramos la ruta. Una vez en el pueblo, pese a que estábamos en medio del verano, se notaba un ambiente tranquilo, sin demasiada gente y donde el ritmo de los lugareños parecía no alterarse por nada. De hecho, una de las anécdotas de este viaje tuvo que ver con la señora de un almacén, a la que nuestro abultado grupo de amigos le compró toda la producción de pan integral que había preparado. Al día siguiente, cuando quisimos volver a comprar su exquisito pan, ella simplemente dijo que ese día no tenía pensado hacerlo y que tal vez más adelante volvería a tener. Sin embargo, no nos fuimos con las manos vacías y nos llevamos unas empanadas, igual de sabrosísimas, que la misma señora había preparado ese día.
Esa es la gracia de este pueblo, que mantiene un ritmo pueblerino y no se alarma o genera grandilocuencias frente a la visita de los turistas. De hecho, hay unos pocos pubs y una discreta discoteca que mantiene en su fachada la estética del lugar. La discoteca en cuestión no sólo no es estridente en su presentación, sino que descubrimos algo más cuando entramos en ella. En su entrada estaba el bar, el cual daba paso a un salón en donde el pop más actual sonaba como en cualquier otro recinto de ese tipo, mezclando en su pista de baile tanto a parroquianos como a turistas. Al frente de la pista había un escenario, pero detrás de él descubrimos una escalera que nos llevó a otro mundo. Subiendo por ella pasamos a un patio al aire libre en el cual nos topamos con un abundante público comiendo, bebiendo y riendo, todo al ritmo de una orquesta en vivo que tocaba festivas melodías populares. Ahí nos encontramos con la dueña del almacén de las empanadas y el pan integral, bailando alegre y despreocupadamente, sin pensar a quién tendría que atender mañana.